jueves, 10 de mayo de 2012
sábado, 24 de marzo de 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
jueves, 9 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
viernes, 27 de enero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
Eduardo Galeano "Ser como ellos".
PENSANDO EN ESTE GRAVE PROBLEMA DE LAS MINERAS, RECORDÉ ESTE TEXTO. MUY BUENO PARA REFLEXIONAR
Los sueños y las pesadillas están hechos de los mismos materiales, pero esta pesadilla dice ser nuestro
único sueño permitido: un modelo de desarollo que desprecia la vida y adora las cosas.
¿Podemos ser como ellos?
Promesa de los políticos, razón de los tecnócratas, fantasía de los desamparados: el Tercer Mundo se
convertirá en Primer Mundo, y será rico y culto y feliz, si se porta bien y si hace lo que le mandan sin
chistar ni poner peros. Un destino de prosperidad recompensará la buena conducta de los muertos de
hambre, en el capítulo final de la telenovela de la Historia. Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco
letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados y la modernización de los
atrasados.
Pero lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible, como bien decía Pedro el Gallo, torero: si
los países pobres ascendieran al nivel de producción y derroche de los países ricos, el planeta moriría. Ya
está nuestro desdichado planeta en estado de coma, gravemente intoxicado por la civilización industrial y
exprimido hasta la penúltima gota por la sociedad de consumo.
En los últimos veinte años, mientras se triplicaba la humanidad, la erosión asesinó al equivalente de toda
la superficie cultivable de los Estados Unidos. El mundo, convertido en mercado y mercancía, está
perdiendo quince millones de hectáreas de bosque cada año. De ellas, seis millones se convierten en
desiertos. La naturaleza, humillada, ha sido puesta al servicio de la acumulación de capital. Se envenena
la tierra, el agua y el aire para que el dinero genere más dinero sin que caiga la tasa de ganancia.
Eficiente es quien más gana en menos tiempo.
La lluvia ácida de los gases industriales asesina los bosques y los lagos del Norte del mundo, mientras los
desechos tóxicos envenenan los rios y los mares, y al Sur la agroindustria de exportación avanza
arrasando árboles y gente. Al Norte y al Sur, al Este y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante
entusiasmo, la rama donde está sentado.
Del bosque al desierto: modernización, devastación. En la hoguera incesante de la Amazonia arde media
Bélgica por año, quemada por la civilización de la codicia, y en toda América Latina la tierrase está
pelando y secando. En América Latina mueren veintidós hectáreas de bosque por minuto, en su
mayoría sacrificadas por las empresas que producen carne o madera, en gran escala, para el consumo
ajeno. Las vacas de Costa Rica se convierten, en los Estados Unidos, en hamburguesas McDonald's. Hace
medio siglo, los árboles cubrían las tres cuartas partes del territorio de Costa Rica: ya son muy pocos los
árboles que quedan, y al ritmo actual de de-forestación, este pequeño país será tierra calva al fin del siglo.
Costa Rica exporta carne a los Estados Unidos, y de los Estados Unidos importa plaguicidas que los
Estados Unidos prohíben aplicar sobre su propio suelo.
Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del despilfarro: el seis
por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía y un tercio de todos los recursos
naturales que se consumen en el mundo. Según revelan los promedios estadísticos, un solo
norteamericano consume tanto como cincuenta haitianos. Claro que el promedio no define a un vecino
del barrio de Harlem, ni a Baby Doc Duvalier, pero de cualquier manera vale preguntarse: ¿Qué pasaría
si los cincuenta haitianos consumieran súbitamente tanto como cincuenta norteamericanos? ¿Qué
pasaría si toda la inmensa población del Sur pudiera devorar al mundo con la impune voracidad del
Norte? ¿Qué pasaría si se multiplicaran en esa loca medida los artículos suntuarios y los automóviles y
las neveras y los televisores y las usinas nucleares y las usinas eléctricas? ¿Qué pasaría con el clima, que
está ya cerca del colapso por el recalentamiento de la atmósfera? ¿Qué pasaría con la tierra, con la poca
tierra que la erosión nos está dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la humanidad bebe
contaminada por nitratos y pesticidas y residuos industriales de mercurio y plomo? ¿Qué pasaría? No
pasaría. Tendríamos que mudarnos de planeta. Éste que tenemos, ya tan gastadito, no podría bancarlo.
El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la
injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Para que pocos
sigan consumiendo de más, muchos deben seguir consumiendo de menos. Y para evitar que nadie se pase
de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra. Incapaz de combatir contra la pobreza, combate
contra los pobres, mientras la cultura dominante, cultura militarizada, bendice la violencia del poder.
El american way of life, fundado en el privilegio del despilfarro, sólo puede ser practicado por las
minorías dominantes en los países dominados. Su implantación masiva implicaría el suicidio colectivo de
la humanidad.
Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?
¿ Queremos ser como ellos?
En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas.
Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las
reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.
La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En
nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para
trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada
vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.
Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del
arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de
muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre
trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el
miedo a la libertad?
Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas
cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El modelo de vida de
la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al
tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se
invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora
personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o
para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del
espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para economizar
tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte
al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.
No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al
multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El sentido común no ha previsto, sin
embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad.
En las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en
Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con
el acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes
había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad.
La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. […]
miércoles, 25 de enero de 2012
jueves, 29 de diciembre de 2011
nota: "La necesidad del revisionismo" por Hugo Chumbita.
El país | Lunes, 5 de diciembre de 2011
La necesidad del revisionismo
Por Hugo Chumbita *
Los hechos históricos son inconmovibles, a veces transparentes, a veces oscuros o enigmáticos. Pero la historia es una disciplina –ciencia y arte– cuya razón de ser es revisar y actualizar la visión del pasado. La generación que tomó el poder con el proceso de la “organización nacional” buscó instituir y congelar una versión, la de los vencedores de Pavón, que servía al proyecto de la “europeización” de Argentina como satélite de las potencias capitalistas dominantes.
Dentro de aquella interpretación, la Revolución de Mayo era la obra de una minoría ilustrada que, tras derrotar al absolutismo español, enfrentó a las fuerzas autóctonas de la barbarie o la anarquía, las cuales demoraron durante medio siglo la implantación del orden constitucional y las condiciones del progreso económico. Este esquema rescataba principalmente a Rivadavia, el precursor de la deuda externa, como ideólogo de la república liberal, descalificando a Artigas, Dorrego, Rosas y los demás caudillos federales como representantes del atavismo de la plebe y las masas rurales, que se oponían a la apertura del país al mundo civilizado.
Sarmiento describió el dilema sudamericano como un “conflicto de razas”, atribuyendo la frustración del sistema republicano a la mezcla de sangre hispánica e indígena, una herencia cultural que debía ser extirpada mediante la educación pública. Mitre concibió a la clase dirigente del país como una prolongación de la elite caucásica europea, destinada a gobernar y “civilizar” esta parte del mundo. El relato histórico implantado por el Estado oligárquico siguió ese canon racista y colonialista, constituyendo una superestructura cultural alienante en la que se instruyeron las generaciones siguientes.
Las bases económicas, políticas y sociales de la dependencia fueron cuestionadas por los movimientos populares y democráticos del siglo XX, pero sus fundamentos ideológicos no fueron desplazados. Esa ideología neocolonial promueve la mentalidad que necesita hoy el capitalismo global para utilizarnos como cantera de recursos naturales y también de recursos humanos, mostrándonos como desideratum el espejismo del “primer mundo”, ese que ahora vemos sumido en el espanto y la decepción de sus pueblos. El relato histórico liberal-oligárquico fue desafiado en la Argentina por sucesivos movimientos intelectuales revisionistas, pero sus monumentos, sus himnos y sus bronces persisten en los manuales de enseñanza y en la nomenclatura oficial. En general, las tendencias historiográficas universitarias no se han sacudido aún ese lastre, y han encontrado módicas coartadas para eludir su responsabilidad.
La iniciativa del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego es una apuesta al debate para reconstruir una visión actual del trayecto de la república, a partir de un pensamiento situado –el “pensar desde aquí” de Arturo Jauretche–, con un enfoque nacional, popular, federal y americanista de los dilemas que atraviesan nuestra historia y que aún están pendientes de resolución. No para imponer una contrahistoria ni otra versión oficial del pasado, sino para que el conocimiento histórico cumpla la misión de abrir los ojos de la nueva generación a los retos del futuro.
* Historiador, docente e investigador de las universidades de Buenos Aires y de La Matanza.
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nota "Los lenguajes del pasado" por Luis Alberto Quevedo.
El debate sobre la creación del Instituto de Revisionismo Histórico
El país | Lunes, 5 de diciembre de 2011
Los lenguajes del pasado
Por Luis Alberto Quevedo *
¡Indignados!
Se ha formado en la Argentina una nueva plaza de indignados: son académicos provenientes de las universidades y del Conicet que se sublevan contra... ¿los estragos del capital financiero global?, ¿los bombardeos de la OTAN en Trípoli?, ¿las patotas que golpean a los docentes...? ¡Nada de eso! Los indigna la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Y en pocos días, la prensa se pobló de artículos cargados de enojo y voces agitadas que nos alertan sobre los peligros de esta embestida totalitaria del “discurso oficial”.
¿Cuál es la frase del escándalo que está contenida en el famoso Decreto 1880/11? En realidad son básicamente dos: el artículo 1, cuando dice que “la finalidad primordial será el estudio, la ponderación y la enseñanza de la vida y obra de las personalidades de nuestra historia y de la Historia iberoamericana, que obligan a revisar el lugar y el sentido que les fuera adjudicado por la historia oficial, escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX”. Y también en el punto (c) del artículo 3, donde se dice que el instituto deberá colaborar “con las instituciones de enseñanza oficiales y privadas, para enseñar los objetivos básicos que deben orientar la docencia para un mejor aprovechamiento y comprensión de las acciones y las personalidades de las que se ocupará el instituto como, asimismo, el asesoramiento respecto de la fidelidad histórica en todo lo que se relacione con los asuntos de marras”.
Decidí ir a la plaza de los indignados y averiguar un poco más. Llegué a un lugar sin estruendo de bombos y redoblantes, pero con muchas pancartas, algunos cánticos y una alta tensión de pensamientos en el ambiente. Apenas ingresé, vi a un puñado de indignados que se paseaban con una leyenda que me intrigó: “Ahora dicen que cualquiera puede escribir sobre nuestra Historia”. Con la distancia que puede tener un periodista holandés y sin molestar, les pregunté: ¿a qué se refieren exactamente? Con cara de pocos amigos, un profesor me dijo: nos indigna que nos saquen del medio a quienes somos los únicos académicos independientes que hemos dedicado nuestra vida a la investigación. Mientras lo escuchaba, se acercó un grupo menor con su cartel “Basta de divulgación, sí a la investigación”, a los que me animé a preguntarles: los que divulgan, ¿qué deberían hacer? “Deberían anotarse en la UBA, hacer la carrera de Historia... ¡y después hablar! Y en lo posible, ¡estar menos en los medios!”, me respondieron.
En otro rincón de la plaza, casi sin querer mezclarse con los indignados más ásperos y bochincheros, se ubicaba un pequeño grupo con una pancarta bien escrita y mejor pensada que decía: “No renunciaremos a nuestro punto de vista”. Me acerqué sabiendo que el diálogo no sería fácil y les pregunté si conocían el Decreto 1435/92 que firmó Carlos Menem para la creación del Instituto Belgraniano Central de la República Argentina. Me dijeron que no, pero que seguramente era menos totalitario que el de este gobierno. Decidí leerles el artículo 15, que dice literalmente: “Los actos de cualquier naturaleza a ejecutar por el Estado o con participación del mismo relacionados con el General Don Manuel Belgrano requerirán asesoramiento previo al Instituto Nacional Belgraniano. Asimismo cuando se trate de actos a realizarse por particulares, instituciones privadas, autoridades, dependencias provinciales y municipales que requieran apoyo financiero o de otro tipo por parte del Estado, será indispensable el asesoramiento previo mencionado”. Luego les pregunté: en estos años, ¿ustedes consultaron a este instituto cada vez que hablaron de Belgrano y cambiaron su punto de vista sobre este héroe nacional? “¡Por supuesto que no!”, me dijeron a coro, porque ese instituto seguramente es independiente... ¡y no está en manos del pensamiento único! Bueno, les aclaré, en realidad es igualmente autárquico y depende formalmente de la misma secretaría que el Instituto Manuel Dorrego.
Una mujer de suaves modales, que pareció entender que valía la pena dialogar, me dijo con voz pausada que el problema es que el nuevo instituto tiene en sus manos construir una versión de la historia que incumbe a más de veinte héroes y quieren que lo que ellos producen se enseñe en las escuelas: ¡esto es realmente peligroso! Yo le dije que los entendía, pero que el Instituto Belgraniano también tenía como misión enseñar toda su producción en las escuelas y que el Instituto Nacional Sanmartiniano era mucho peor en este punto. Le recordé que el Decreto 22.131 del año 1944 decía textualmente en su artículo 2 que el Instituto Sanmartiniano “rectificará públicamente por comunicaciones, escritos, conferencias o cualquier otro medio de difusión todo error que se ponga de manifiesto en publicaciones, obras, conferencias, etc., con respecto a la verdad histórica sobre la vida del prócer y hechos en que intervino”. Me miró casi con piedad y me dijo: “Pero lo conduce desde hace muchos años el general brigadier Diego Alejandro Soria, un hombre confiable y sin vocación totalitaria”. Yo sólo le pregunté: ¿es investigador del Conicet el general brigadier? Pero no alcanzó a escucharme, ya que aceptó una nota para una radio que cubría todo el evento cuyo nombre recuerda, justamente, a quien escribió la Historia Argentina y la vida del general San Martín a fines del siglo XIX.
Mientras pensaba en qué poco sabíamos de las misiones de muchos institutos históricos que nos acompañan desde hace mucho tiempo, vi entrar a un grupo un poco más ruidoso. No eran académicos, eran intelectuales y periodistas que tenían en sus manos pancartas hechas con el típico papel prensa que usan los diarios y gritaban: “¡Se va a acabar, se va a acabar, esa manera de pensar!”. Me acerqué porque no tenía el tono conciliador de los académicos y me di cuenta de que los gritos aludían con desprecio tanto al Ejecutivo nacional como a los divulgadores e historiadores revisionistas que acompañaban al proyecto del Instituto Manuel Dorrego. Les pregunté una sola cosa: ¿qué es lo que más los indigna? “¡Todo! Pero lo que no soportamos es que no pongan a gente idónea y consagrada al frente de los institutos históricos.” Les dije que no me parecía que el Instituto Manuel Dorrego fuera una excepción y les pregunté si conocían al Instituto Nacional Browniano, que fue creado también por Carlos Menem en 1996 y que no despertó tantas polémicas. Me dijeron que sí, que sabían que existía un instituto que preservaba la figura del glorioso Almirante Brown, pero que estaba manejado por historiadores serios y no por divulgadores de poca monta. Les recordé que el artículo 10º del Decreto 1486/96 firmado por Menem y Corach decía que entre los distintos miembros del instituto están los miembros honorarios que serán (entre otros) “el presidente de la Nación argentina; el jefe de Estado Mayor General de la Armada; el embajador de la República de Irlanda acreditado en el país; el presidente del Centro Naval; el presidente del Círculo Militar; el presidente del Círculo de Aeronáutica y el intendente municipal del Partido de Almirante Brown de la Provincia de Buenos Aires” (sic). ¿Serán historiadores y académicos probos tanto el embajador de Irlanda como el intendente del Partido de Almirante Brown para merecer esta distinción? ¿Constituirá una discriminación –que debemos denunciar ante el Inadi– haber excluido al presidente del Club Atlético Almirante Brown?
A los gritos, fui acusado de oficialista, totalitario y pagado por el Gobierno para hacer esta provocación, y por eso me dejaron solo otra vez en medio de la plaza. Confieso que fue el único momento en que sentí algo de temor y por eso terminé refugiándome en un grupo de Indignados 2.0 que sostenían una pancarta que rezaba: “¡Control a Wikipedia ya!”. Me gustó el aspecto de estos jóvenes y les pregunté: pero, ¿ustedes quieren controlar la web? Y me dijeron: no toda la web, ¡sólo la que habla de historia, y que usan nuestros docentes y alumnos! ¡Vamos a exigir que todo lo que allí se escriba sea también controlado por el Conicet y los académicos de las universidades! ¡La web es un caos intolerable y en Wikipedia escribe cualquiera! Pero ésa es la lógica de Internet, dije en voz baja, y es también un rasgo de nuestra cultura: la pluralidad de voces, opiniones, saberes, conocimientos... No terminé de decir la palabra “pluralidad” cuando estos jóvenes ilustrados me habían dejado otra vez solo, aunque antes de irse me sacaron fotos con sus celulares y me juraron un escrache en las pantallas del periodismo independiente. Me quedé sin crédito en el celu, sin amigos en Facebook y sin seguidores para twittear... ¡game over!
* Sociólogo, profesor de la UBA y de Flacso.
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