jueves, 26 de enero de 2012

Eduardo Galeano "Ser como ellos".

PENSANDO EN ESTE GRAVE PROBLEMA DE LAS MINERAS, RECORDÉ ESTE TEXTO. MUY BUENO PARA REFLEXIONAR


Los sueños y las pesadillas están hechos de los mismos materiales, pero esta pesadilla dice ser nuestro

único sueño permitido: un modelo de desarollo que desprecia la vida y adora las cosas.

¿Podemos ser como ellos?

Promesa de los políticos, razón de los tecnócratas, fantasía de los desamparados: el Tercer Mundo se
convertirá en Primer Mundo, y será rico y culto y feliz, si se porta bien y si hace lo que le mandan sin
chistar ni poner peros. Un destino de prosperidad recompensará la buena conducta de los muertos de
hambre, en el capítulo final de la telenovela de la Historia. Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco
letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados y la modernización de los
atrasados.

Pero lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible, como bien decía Pedro el Gallo, torero: si
los países pobres ascendieran al nivel de producción y derroche de los países ricos, el planeta moriría. Ya
está nuestro desdichado planeta en estado de coma, gravemente intoxicado por la civilización industrial y
exprimido hasta la penúltima gota por la sociedad de consumo.

En los últimos veinte años, mientras se triplicaba la humanidad, la erosión asesinó al equivalente de toda
la superficie cultivable de los Estados Unidos. El
 mundo, convertido en mercado y mercancía, está
perdiendo quince millones de hectáreas de bosque cada año. De ellas, seis millones se convierten en

desiertos. La naturaleza, humillada, ha sido puesta al servicio de la acumulación de capital. Se envenena
la tierra, el agua y el aire para que el dinero genere más dinero sin que caiga la tasa de ganancia.
Eficiente es quien más gana en menos tiempo.

La lluvia ácida de los gases industriales asesina los bosques y los lagos del Norte del mundo, mientras los
desechos tóxicos envenenan los rios y los mares, y al Sur la agroindustria de exportación avanza
arrasando árboles y gente. Al Norte y al Sur,
 al Este y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante
entusiasmo, la rama donde está sentado.

Del bosque al desierto: modernización, devastación. En la hoguera incesante de la Amazonia arde media

Bélgica por año, quemada por la civilización de la codicia, y en toda América Latina la tierrase está

pelando y secando. En América Latina mueren veintidós hectáreas de bosque por minuto, en su
mayoría sacrificadas por las empresas que producen carne o madera, en gran escala, para el consumo
ajeno. Las vacas de Costa Rica se convierten, en los Estados Unidos, en hamburguesas McDonald's. Hace
medio siglo, los árboles cubrían las tres cuartas partes del territorio de Costa Rica: ya son muy pocos los
árboles que quedan, y al ritmo actual de de-forestación, este pequeño país será tierra calva al fin del siglo.
Costa Rica exporta carne a los Estados Unidos, y de los Estados Unidos importa plaguicidas que los
Estados Unidos prohíben aplicar sobre su propio suelo.

Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del despilfarro: el seis
por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía y un tercio de todos los recursos
naturales que se consumen en el mundo. Según revelan los promedios estadísticos, un solo
norteamericano consume tanto como cincuenta haitianos. Claro que el promedio no define a un vecino
del barrio de Harlem, ni a Baby Doc Duvalier, pero de cualquier manera vale preguntarse: ¿Qué pasaría
si los cincuenta haitianos consumieran súbitamente tanto como cincuenta norteamericanos? ¿Qué
pasaría si toda la inmensa población del Sur pudiera devorar al mundo con la impune voracidad del
Norte? ¿Qué pasaría si se multiplicaran en esa loca medida los artículos suntuarios y los automóviles y
las neveras y los televisores y las usinas
nucleares y las usinas eléctricas? ¿Qué pasaría con el clima, que
está ya cerca del colapso por el recalentamiento de la atmósfera? ¿Qué pasaría con la tierra, con la poca
tierra que la erosión nos está dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la humanidad bebe
contaminada por nitratos y pesticidas y residuos industriales de mercurio y plomo? ¿Qué pasaría? No
pasaría. Tendríamos que mudarnos de planeta. Éste que tenemos, ya tan gastadito, no podría bancarlo.

El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la
injusticia. Es
 necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Para que pocos
sigan consumiendo de más, muchos deben seguir consumiendo de menos. Y para evitar que nadie se pase
de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra. Incapaz de combatir contra la pobreza, combate
contra los pobres, mientras la cultura dominante, cultura militarizada, bendice la violencia del poder.

El american way of life, fundado en el privilegio del despilfarro, sólo puede ser practicado por las
minorías dominantes en los países dominados. Su implantación masiva implicaría el suicidio colectivo de
la humanidad.

Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?

¿ Queremos ser como ellos?

En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas.
Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las
reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.

La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En
nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para
trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada
vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.

Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del
arte abstracto. El
 doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de
muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre
trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La
 riqueza conduce a la libertad, o multiplica el
miedo a la libertad?

Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas
cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El
 modelo de vida de
la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al
tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se
invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El
 automóvil, el televisor, el video, la computadora
personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o
para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El
 automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del
espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En
 teoría, el automóvil sirve para economizar
tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte
al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.

No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al
multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El
 sentido común no ha previsto, sin
embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad.
En
 las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en
Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con
el acelerado desarrollo de la productividad. En
 las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes
había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad.
La
 libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. […]